sábado, 8 de julio de 2017

LA HIPOCRESÍA ANTIFUJIMORISTA


El indulto es un insulto para todo ser pensante, consciente de nuestra realidad y que sabe evaluar las consecuencias que trajo la dictadura de Fujimori y Montesinos. Ayer fuimos a una marcha contra el indulto del exdictador, hoy preso por delitos de lesa humanidad. Pero no salimos contentos. Nos falta y mucho para articular una seria oposición que convoque no solamente a los miles de movilizables sino a las multitudes que ayer no se movilizaron.

La dictadura fujimorista fue el resultado de una estrategia contrasubversiva y el mejor pretexto-contexto para la aplicación del modelo neoliberal. Bajo la más precaria democracia, era imposible aplicarlo. Bajo un estado de derecho, era difícil arrasar precisamente con esos derechos que pulverizó el neoliberalismo. Una vez recuperado el estado de derecho, los siguientes gobernantes y la “clase política” continuó con el modelo instaurado sin modificaciones. Solo cambió el rostro. Y el rostro del japonesito sonriente sigue seduciendo a un amplio público de los estratos más deprimidos.


AUGE Y POPULARIDAD DEL DICTADOR


El autogolpe fue saludado con vítores y aplausos a nivel nacional e internacional. No hubo medida más popular que la disolución de las dos cámaras parlamentarias. La mayoría de peruanos odiaba a los diputados y senadores de todas las bancadas. Repudiaba a los partidos y a “los políticos” en general. El fuji-shock económico fue celebrado como una revolucionaria vuelta a la realidad para que las cifras se tiñan de azul y la economía peruana ponga los pies sobre la tierra. Las capturas de líderes terroristas, los juicios sumarios por jueces encapuchados, las leyes de arrepentimiento y colaboración eficaz, la deserción y la delación oficializadas, hizo poner de pie a un público mayoritario que aplaudió hasta enrojecerse las manos. La fingida persecución y promesa de enjuiciamiento del ladrón y asesino Alan García, ganó más aplausos. Por fin alguien ponía orden, eso decían. Por fin el Perú alcanzaba la tan ansiada gobernabilidad.


EL OCASO DE UN DICTADOR


Fujimori no fue el genio del mal sino el instrumento de aquellos que no están presos en la DIROES y se beneficiaron bajo el manto protector del totalitarismo. La gran burguesía intermediaria, la burguesía industrial-financiera y hasta la burguesía nacional, hicieron a Fujimori dictador. Los militares que habían perfeccionado los mecanismos de la estrategia contrasubversiva, hicieron a Fujimori. Tuvieron “su” presidente a la medida de sus intereses. Amplios estratos populares también reconocieron al “chino” como su líder. Los que perdieron sus puestos de trabajo, aprendieron a generar su propio empleo, a emprender el pequeño negocio. Y los que tenían un pequeño negocio, acrecentaron sus ganancias. Nadie habla de los maestros, de las enfermeras, de los trabajadores: esos fueron (hasta hoy) invisibilizados y el amplio público fue imbecilizado (hasta hoy) por el hábil manejo de la prensa amarilla y la TV basura.

En el plano internacional, la dictadura fujimorista gozó de la confianza del imperialismo norteamericano quien competía con los grandes capitales asiáticos que vieron al Perú como tierra prometida. Acabar con la subversión comunista en el patio trasero del imperialismo yanqui, no era poca cosa. Reincorporar al Perú en la economía mundial, tampoco. Fortalecer el capitalismo, crear un ambiente favorable para las inversiones inescrupulosas, eso hizo el “chino”. EEUU le quita el aval a Fujimori y Montesinos cuando ambos dejan entrever sus grandes negociados independientes con el narcotráfico y con las FARC colombianas. El japonés como elemento de tránsito, sí, dijeron. El japonés como perpetuo zar de un narcogobierno, no. Y financiaron su caída.


LA OPOSICIÓN FALAZ


Ayer hubo una marcha contra el indulto a Fujimori. Marcha multitudinaria y mitin de media plaza San Martín. ¿Qué les pasa, peruanitos? Era la mejor oportunidad de demostrar el repudio popular a la fatal herencia del fujimorismo en la economía, en la corrupción del estado, etc. Hubo más presencia de la clase media ilustrada, intelectuales, estudiantes, políticos, militantes de partidos. No le pido milagros a la CGTP ni al SUTEP porque ya está visto que no hacen los esfuerzos necesarios como anteayer en la historia cuando convocaban a grandes movilizaciones.

Carecen de autoridad moral para luchar contra el fujimorismo aquellos que han gobernado al Perú con la misma Constitución, la misma legislación y la misma estrategia contra el pueblo que perfeccionó el dictador. Nunca olvidaremos a Alejandro Toledo en su campaña presidencial del 2011 gritando ante cámaras: “No vamos a cambiar la Constitución”. Ese era su grito de guerra, compartido por todos los demás candidatos representantes de la clase empresarial. Cuatro gobiernos subsiguientes han heredado la máquina de oprimir al pueblo diseñada por el fujimontesinismo. De modo que Toledo, Alan García, Humala y el actual PPK, fueron y son el continuismo de la dictadura cívico-militar de Fujimori y Montesinos.


VOTARON POR PPK, VOTARON POR FUJIMORI


Carece de autoridad, también, la clase caviar que llamó a votar por el “mal menor” en estas últimas elecciones. Votaron dizque contra Keiko Fujimori. Pero votaban por quien había prometido el indulto al dictador en dos campañas electorales. Por quien había saludado los logros económicos de Alberto Fujimori. Marisa Glave dijo que si no lo hacíamos íbamos a tener un narcoestado. Le dije: ya tenemos un narcoestado desde la dictadura militar 75-80. ¿En qué galaxia vive esta fracción semi-ilustrada de la clase dominante? 

Votaron por un espacio previo al fatal e irrefrenable cogobierno PPKeiko, lapso donde podían poner ministros, viceministros, asesores y ganar onerosas consultorías. Votaron por sus intereses y los de la embajada gringa. Sigue el camino del dinero y llegarás a la verdad, decía El Padrino, de Mario Puzo. EEUU y sus fundaciones financian proyectos de gobernabilidad, defensa ambiental, género, etc. ¿Y cuáles son sus banderas para limitar a la izquierda? Esas mismas: gobernabilidad, defensa ambiental y género. Trabajadores no, ¿eh?... para eso no mandan plata del norte… Por tales razones la “izquierda” caviar está contra el gobierno de Maduro y va con Capriles y Leopoldo López.

Ahora su presidente, el ciudadano yanqui, quiere indultar al genocida y ladrón Alberto Fujimori. ¿De qué se sorprenden? Pedro Pablo lo prometió y ustedes llamaron a votar por él dizque para que no tenga todo el poder el fujimorismo. Suena ridículo, ¿eh? Y a pesar de sus votos por PPK, el fujimorismo conquistó mayoría parlamentaria. Ningún presidente puede gobernar con un parlamento hostil. Por lo tanto, el anunciado cogobierno está a la vista,  aproximándose.


QUÉ HACER



Hoy el apoliticismo de grandes sectores del pueblo opera a favor del indulto y del retorno del tirano. Para construir una oposición sólida y popular, tenemos que ganar el corazón y la conciencia de las muchedumbres. No lo haremos sin una previa autocrítica y rectificación de quienes han confundido sus intereses particulares con los intereses de la clase trabajadora. La lucha contra el cogobierno exige una radicalidad y consecuencia que no se puede asumir con los paños tibios del reformismo. No lo haremos sin una estrategia de poder, mientras sigan persistiendo en desmelenarse por una táctica electoral, para unas elecciones que ya perdieron. Una izquierda que confunde sus causas con las causas del pueblo, pretende crecer de espaldas al pueblo y contra el pueblo. Mientras la derecha tiene todo el poder de los medios de comunicación, la izquierda no tiene un diario, no tiene un canal de TV, no tiene una o varias emisoras radiales. Digo yo y con conocimiento del tema: pudiéndolos tener, materialmente, no los tiene. Pudiendo tener una estrategia de poder, no la tiene. La derecha está más dividida que la izquierda, pero ellos no necesitan la unidad porque ya tienen el poder. La unidad que debe plantearse la izquierda es de carácter estratégico, sin las componendas vergonzantes ni el espectáculo patético electorero que están causando el rechazo de los trabajadores. 

martes, 13 de junio de 2017

Fernando Martínez Heredia, se nos fue un "imprescindible" según Bertold Bretch


La guadaña no se detiene y me sigue dejando con menos amigos. Esta vez se nos fue el intelectual revolucionario cubano Fernando Martínez Heredia. Él ha sido uno de los cubanos más lúcidos que conocí dentro de las filas de la revolución. Y no digo cuando la revolución estaba de moda y bien sustentada, sino cuando Cuba atravesaba su etapa más crítica. Nos habían presentado antes, en 1985, cuando el socialismo resplandecía en La Habana, pero yo era solo un estudiante peruano de paso. Luego, nos conocimos mejor en 1990. Congeniamos en 1992, cuando su compañera, la investigadora literaria Esther Pérez, de Casa de las Américas, nos invitó a su modesta vivienda. Fernando Martínez Heredia ganó el Premio Casa de las Américas en 1989 con su libro “Ché, el socialismo y el comunismo”. Uno de sus tantos premios, pero que lo apreciaba bien y me felicitaba personalmente por también haberlo obtenido en 1992. Nos volvimos a encontrar con Fernando y Esther en el 2005 y después de tomarnos unos vinos que llevé a su nueva y modestísima vivienda, me despidió con un fuerte abrazo y una condecoración verbal que se me quedó en la memoria: “Cúidate, hermano, que de los buenos quedan pocos”. No podía dejar de halagarme viniendo de un rebelde dentro de la rebeldía, de un ultraizquierdista cubano el cual hoy estaba sentado frente a su computadora, lo único de valor en su vivienda, pero mañana podía estar viajando al lado de Fidel Castro como asesor o consejero. Fernando era guevarista tanto como fidelista, pero más apegado a las cavilaciones del Che frente al coloso soviético que durante décadas parecía incontestable.


Fernando y Esther: dos talentos al servicio de Cuba.
Mis hijos vieron el aprecio que le tenía el pueblo de a pie, los transeúntes que no dudaban en darle un abrazo espontáneo. Constataron en su casa que un intelectual revolucionario de su nivel, no poseía las comodidades que los enemigos del régimen denunciaban entre irreverentes mentiras. Y puedo confesar que cada vez que Esther me invitó a cenar o almorzar, compartieron conmigo lo que mañana les faltaría. Pocas cosas que se obtenían por la libreta, en pleno periodo especial.


Martínez Heredia era pedagogo y abogado, Director del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y sus escritos ayudarán a comprender la Revolución Cubana desde su concepción latinoamericanista y caribeña en comprometida solidaridad con la lucha de los pueblos. Fue colaborador científico del Programa de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Cuba; miembro de la Cátedra “Ernesto Che Guevara” y del Seminario Problemas del Mundo Actual del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello fue presidente de la cátedra de estudios “Antonio Gramsci”.



Fernando nació el 21 de enero de 1939 en Yaguajay, provincia de Sancti Spíritus. Este lunes se lo llevó un infarto fulminante. Hoy tenemos un sitial más que será difícil de llenar, porque intelectuales como él son el producto de un largo proceso formativo plagado de crisis y auges que no se volverán a repetir. Vendrán otros nuevos, ciertamente. 


lunes, 22 de mayo de 2017

Poesía cubana de luto: Guillermo Rodríguez Rivera ha fallecido.

Guillermo sentado y yo de pie en un banquete limeño.
Guillermo Rodríguez Rivera ha fallecido en La Habana. Me entero después de unos días, como cuando las noticias se atascaban en los estanquillos de correos. Acuden a mi mente todos los buenos recuerdos con este eximio intelectual, maestro de Literatura en la Universidad de La Habana, ensayista y gran declamador. Bellas muchachas cubanas me decían que él era el feo más hermoso. Se enamoraban de Guillermo, el viejo profesor que leía poesía en voz alta con una entonación seductora y convincente. El aula paralizada y silenciosa lo escuchaba. Por eso nadie se perdía una de sus clases.


Lo distinguía la sencillez de los grandes, aquella que espíritus mezquinos no suelen practicar. Ya los años le pasaban la cuenta en agosto de 1992, calor abrasador en el verano caribeño, pero él se esforzaba en caminar hasta Casa de las Américas para compartir, departir, conocer gente. Así lo conocí, mascando él un grueso tabaco Cohiba, se había enterado que el peruano que ganó el Premio Casa de ese año estaba de paso, digo, es un decir. No sabía aún que había llegado para quedarme. Ese año, 1992, Vallejo cumplía cien años y el centenario fue fastuoso en La Habana, llegaron los más distinguidos vallejianos de todos los continentes. Guillermo Rodríguez Rivera era vallejiano, tan vallejiano como otro de mis grandes y viejos amigos: el cubanísimo poeta Luis Suardíaz. Cuba era y es vallejiana, así lo demostró en 1992. Bastaba ir a la casa de Silvio Rodríguez y encontrarse de sopetón, al entrar, con un enorme retrato del autor de Trilce coronando la sala. En medio de esa vorágine, Guillermo Rodríguez Rivera, mascando su enorme tabaco y echando humo por las fosas nasales, me decía que quería ir a Lima para conocer el camino de Chabuca Granda, del puente a la alameda. Le prometí que sería su guía.


Y debo decir que quien más me instruyó acerca del Grupo Orígenes, de la poesía de Lezama Lima, de Nicolás Guillén, del cubano-español Alfonso Hernández Catá, fue este oriental nacido en Santiago de Cuba en 1943. ¿Cómo no prometerle aquello que él más ansiaba de mi patria?
Guillermo Rodríguez Rivera (con su tabaco) al lado de Luis Rogelio (Wichy) Nogueras, otros poetas y Silvio Rodríguez, todos con César Vallejo.


La promesa se cumplió dos años después. Pude regresar a Lima aprovechando una circunstancia a mi favor y en medio de una ciudad totalmente dominada por la dictadura fujimorista, coincidir con Guillermo Rodríguez Rivera. “Ahora sí, no te libras de mí, cojones”, me dijo socarrón apuntándome con su infaltable Cohiba. Estábamos departiendo con poetas peruanos en un restaurante del centro y podía llevarlo a Guillermo hacia el puente Balta y de allí llegaríamos al distrito del Rímac, siempre caminando, hasta la alameda de los Descalzos.  Confieso que fui desconsiderado, pues Guillermo tenía 51 años y yo 35, pero había fumado tantísimos habanos que se cansaba al andar. Se quejó de sus pies, también. Aún así se empeñó en proseguir y culminar el ansiado tránsito que narra Chabuca Granda en su célebre vals. Los balcones virreinales, los zaguanes y portales hicieron que su imaginación lo trasportase a tiempos inmemoriales. Feliz y dichoso, aunque con paso calmo, recorrió la alameda mientras tarareaba La flor de la canela. El regreso sí lo hicimos en taxi.


Un nuevo giro de la historia hizo que viajase con urgencia a Cuba. Las cosas no iban bien para mí. Apenas aterricé en el aeropuerto José Martí, me encontré con un recibimiento inolvidable. Además el entonces joven literato Ernesto Sierra, había convocado a Guillermo Rodríguez Rivera para pasar una velada poética tomando ron del bueno y compartiendo lo que se pudiese compartir en pleno periodo especial. Y Guillermo no quiso recitar, se empeñó en cantar valses peruanos, boleros cubanos, todo acompañado por el piano del dueño de casa, un joven poeta del cual no recuerdo su nombre pero que agitaba la melena constantemente. Una botella de ron por cabeza y todos cantábamos o desafinábamos con Guillermo, con Ernesto, con el pianista y las novias ocasionales que engalanaban la noche.

Guillermo era de los poetas y ensayistas que hicieron posible la revista El caimán barbudo, en el amanecer de una revolución que publicaba no solo a los poetas cubanos, sino también a los autores latinoamericanos que de pronto vestían el uniforme verde olivo y se hacían guerrilleros. La generación de El caimán barbudo fue rebelde a todos los dogmas del socialismo real dentro del arte y la literatura. Entre sus obras (las de Guillermo) destacan la exitosa novela policial "El cuarto círculo" (1976), escrita junto a Luis Rogelio Nogueras (1944-1985); y los ensayos "Exploración de la poesía" (1981), con Mirta Aguirre (1912-1980); "Sobre la historia del tropo poético" (1984) y "Crónicas del relámpago" (2008). Su antología poética "Canta", publicada en 2003, le valió el prestigioso Premio de la Crítica de la isla.

Años después nos volvimos a ver, en la Feria del Libro de La Habana 2005. Pude visitar con las justas al poeta Luis Suardíaz, quien murió a las dos semanas por un cáncer, a los 69 años. Ernesto y su compañera nos agasajaron en su casa de El Vedado, muy cerca a Casa de las Américas, pero no se nos ocurrió otra velada de amanecida como la de aquella vez.  No hubo un siguiente reencuentro con Guillermo Rodríguez Rivera. 


12 años después me entero de su deceso y no me imagino La Habana sin mis viejos amigos o amigos viejos, como el periodista Orlando Castellanos, como Luis Suardíaz o el mismo Guillermo Rodríguez Rivera. Son gratas voces que se han apagado, fueron archivos vivientes de memorias y tiempos idos, gloriosos, triunfantes y también luctuosos como todas las historias de Nuestra América. Si regreso a Cuba alguna vez, digo, es un decir, dejaría una flor en el mar del malecón habanero en memoria del poeta Guillermo Rodríguez Rivera. Descansa en paz, grandísimo fumador.

Una voz privilegiada para la poesía...
CÓDIGO LABORAL
No seas deshonesto, poeta,
ensayista, novelista.
La deshonestidad traza un breve camino
centelleante,
que no va a ningún sitio.
No jures por la luna, hombre de letras.
Asume tu destino
que, digan lo que digan,
estás hablando para siempre
y tus palabras
van a quedar escritas sobre piedra.
Si no vives con la verdad,
guarda tu pluma;
si tienes que mentir,
busca otro oficio.
Para salir del siglo XX, 1994.


martes, 29 de noviembre de 2016


Dicen que yace un cuerpo en La Habana
Donde cabe todo el rumor de todas las tormentas del universo
Un cuerpo es un resplandor fugaz del firmamento
Un cuerpo dura menos que un siglo
Y puede contener las cuatro estaciones
Los cuatro elementos de la naturaleza
Y dirigirse a los cuatro puntos cardinales
Con la frente en alto o mirando el piso
Un cuerpo puede vivir con dignidad
O renunciar a ella
Todo está en la elección que haga
La parte más importante de ese cuerpo
Un cuerpo necesita de una conciencia
Suprema decisión, extrema voluntad organizada
Que moviliza neuronas, nervios, músculos y osamenta
El cuerpo es perecible, corrompible, mutable, finito
Pero la conciencia puede sobrevivir
A esa estructura que sirvió de ejecutora
Hasta el momento de la fatiga y el desfallecimiento
Una conciencia que sobrevive a ese cuerpo
Puede multiplicar panes y peces
Puede partir el mar para que pasen muchedumbres
Puede resucitar de entre los muertos
Y no elevarse al cielo porque aquí se queda
Anidando en otras conciencias terrenales
Así es como ha muerto el cuerpo del comandante
No lo duden los que fueron, los que son, los que vendrán
Fidel ha muerto de vida y no de tiempo, diría un poeta
Al cual amó como se ama el redoble de los tambores
Que acompañan a quienes marchan al último sacrificio
Ha muerto esa imponente corporeidad que desafió a los poderosos
No ha muerto la conciencia colectiva que generó el ejemplo
Y digo Girón cuando digo Fidel
Y digo Martí cuando digo Fidel
Y digo mártires cubanos en Angola
En Etiopía, en Mozambique, en Bolivia
Cuando digo Fidel
Porque cuando digo Fidel sé que digo algo más que revolución
He decretado desde mi humilde hoja la inmortalidad de los justos
¡Hasta siempre, comandante!
...........................................................(Dante Castro)

domingo, 10 de julio de 2016

« Espacialización del tiempo » en Gordas al amanecer de Dante Castro, por Mario Wong (11 de mayo, 2016)

Gordas al amanecer (1), libro de Dante Castro, consta de diez cuentos que se hallan en la vertiente narrativa del « neo-realismo » urbano (Ribeyro, Congrains, Reinoso…). Las calles de Lima y de los suburbios del puerto del Callao están muy presentes en sus páginas. Todo gran narrador es un maître, y Dante Castro lo es, en lo que yo llamaría la « espacialización »  del tiempo (de la urbe, principalmente, en este volumen). Lo logra magistralmente en el conjunto de estos cuentos. Cito: « Había comenzado a recorrer la ciudad por cualquier parte, reconociendo los lugares en que hubo algo memorable que demolieron después. Grandes edificios se alzaban donde estuvo el cine de enamorados, la fuente de soda… Le dolía aceptar el tránsito del tiempo y la indolencia… » (2) Y páginas antes, en « Sonia de noche »: « Las voces iban subiendo de tono, corrigiéndose unos a otros, agregando detalles olvidados de historias que a nadie más podían importarles. El Colorado decía que una porción de ciudad se reconstruye en cada silencio y en cada recuerdo, que se colectivizan y se alteran en el relato de sus protagonistas. Y el negro Wilder agregaba que las cosas son como son compadre, nada más. Pero Wilder venía de La Víctoria, limeño al fin, aquerenciado con los chalacos por veinte años de convivencia. No como el Gato Raúl y sus hermanos… »  (3)

     Otra cita de « Libertad restringida », para insistir en esto de la « espacialización del tiempo »:

     « Afuera del edificio, la calle se habría ante sus ojos como un universo caótico y espantoso. Algunos transeúntes lo miraban al pasar, tal vez por su apariencia de derrotado, con el traje gastado por el uso y zapatos fuera de moda. Más allá, recostando sus espaldas en el poste de alumbrado público, el Negro lo esperaba.

     -Ahora sí, a trabajar, camarada Macana… Hay que golpear… -dijo.

     Para eso lo había seguido. Conocía bien los resultados y que no tenía otro camino. De pronto Marco le quedó mirando con incredulidad en cada detalle: allí estaba una figura como la de él, encaneciendo, con rostro de mala vida y arrugas prematuras causadas… » (4)

     Amores furtivos, frustraciones de la vida marital, derrotas y traiciones políticas, actos de brujería, apariciones y desapariciones, travestis, endemoniados hilbanan la trama de estas historias. El final del cuento que da el título al libro, « Gordas al amanecer » tiene el elemento de la sorpresa, del despertar de una pesadilla (después del adulterio y la culpa) en la cama matrimonial. La aparición de las tres gordas en el sueño, al amanecer de un día domingo; y una que le espeta:

     « -¿Vas a salir o te traigo a la policía?... ¡Baja para que arreglemos esto, cobarde!

     « … Jadeando, muy agitado, trataba de encontrar con dedos dubitativos el botón interruptor de la luz. Sacudió brazos, cabeza y cuerpo, manoteó como si quisiera librarse de una multitud de demonios que pretendían llevarlo a la fosa común de un cementerio para indigentes. En algún rincón perdido del laberinto de la muerte encontró suficientes energías y profirió un grito.

     Esta vez si era Aidé quien le tocaba el pecho. Con ternura, se lo sobaba en movimientos ovalados y perfectos.

     -¿Una pesadilla, mi amor?... ¡Cómo has sudado!... » (5)

     También el final del primer cuento, « Amor filial » -el enmuramiento de la madre (que padece de locura senil)-, a lo Edgard Allan Poe, es sorprendentemente logrado: « La tomaron de la mano suavemente, carcajeándose como dementes y la ayudaron a levantarse. Primero un paso, luego dos, fueron llevándola hasta el pie de la obra. Rodrigo ayudó a que su madre pasase el pie derecho al interior del hueco que empezaría a cubrir. Leyla la auxilió para que pusiera el pie izquierdo. Cuando la señora estuvo dentro del nicho, ambos se apresuraron y colaboraron entre sí, afanosos como… » (6)

     La supuesta infección viral es la temática del cuento « Peste rosa ». Los excesos amatorios -que hizo posible la asistencia a un congreso de escritores- y el agotamiento de la relación de pareja se despliegan contrapuntisticamente. Cito: « Él, que sabía bailar como ninguno, ahora se deslucía (en Madrid) ante sus amistades. « Qué te ha pasado, Carlos… ¿saliste del closet? », le dijeron quienes lo veían después de años. No quiso revelarles que su mujer se negaba a ir a fiestas con él y que prefería acostarse temprano antes que acompañarlo a un compromiso. La menopausia y el desgaste de la relación la habían condenado a… Las jaquecas cada vez más frecuentes…, el mal genio y los kilos de sobrepeso que iba acumulando la hicieron poco deseable. Pero además, cada vez que quería tener relaciones con ella, le respondía: « Estoy cansada ». Así es como había llegado a Madrid, con la incontinencia de un soldado… » (7)

     « Erase una vez en el Callao » -musitó el doctor Cadiotti. En « Sonia de noche », el antepenultimo cuento de esta colección, la historia de una banda de jóvenes con un travesti vuelve con las notas de una canción (« Como una loba… aúllo por las noches encendida»; salsa de Milagros Hernández) y el encuentro de Cadiotti, en la sala del juzgado, con alguien que lo mira con cierto estupor y odio (¿ « Sonia » ?). Cito: « …nadie se dio cuenta en que momento el anfitrión desapareció tras un biombo asiático para luego reaparecer vestido como mujer, con los pies desnudos, bailando al son de la salsa que estremecía la única ventana de cortinas azules. Por fin era Sonia, párpados azules y labios con rouge, aunque el Colorado (Cadiotti) la mirase con ojos de desaprobación y el Patito (Alfredo) con repugnancia. Al Gato Raúl se le cayó de las manos la revista (porno) que estaba disfrutando: no podía concebir en su mente licenciosa a un matón trasformado en mujer, con los hombros anchos desnudos, el corte varonil y ese vestido que mostraba las nalgas por una abertura vertical. « Llegó la hora de pagar lo que hemos chupado », le dijo resignado al Colorado. » (8)

     En un callejón de la urbe se da el encuentro de Maribel y Marco (« Macana », era su seudónimo en los operativos que realizaba por el partido), un expresidiario. Cito: « …Maribel canturreaba en el corredor tendiendo más ropa de su batea, mientras él hacía esfuerzos para ubicar ese rostro femenino, ajado por el tiempo y las penurias, en algún contexto memorable. Delgada, relativamente alta, cabellos largos atados a la espalda en una coleta. Sus ropas sobrevivientes de modas pasadas armonizaban con las miserias del callejón donde se concentraban hombres y mujeres apegados al tráfago de la vida. » (9). El tiempo ha pasado inexorable en « Libertad restringida », el último cuento de Gordas al amanecer y Marco tuvo que asumirse: «  …no como un preso político, sino como delincuente común y despistar a sus torturadores en cada golpe, en cada descarga eléctrica, en cada zambullida a la batea con detergente. Solo se puede atenuar el sufrimiento gritando fuerte, abriendo la boca excesivamente para tragar aire cuando le concedían un respiro momentáneo, poniendo la mente en blanco y deseando la muerte. Pero la muerte no acudía por más que la llamara. Se fue al penal como ladrón, su banda escapó, no recordaba a nadie, a todos los demás los conoció por sus alias. Algo que la literatura le enseñó: inventar personajes, nombres, apelativos y circunstancias. » (10)

     Y el camino de la derrota continúa. Cito in extensius, para concluir:

     «…se vieron trenzados en una singular pelea, sin puñetazos ni patadas. Kanebo lo tenía a Marco contra la pared. Más fuerte y más joven, no había como hacerle resistencia. Sus músculos fueron cediendo, hasta que aflojó la presión de brazos y piernas. Temblaba de impotencia.

     -¡Entrégame el fierro!

     Diéz años atrás, jamás lo habría hecho. Tuvo un instante para pensarlo, un segundo para decidirlo. Voltear y disparar directo al cuerpo, estremecer la paz de la calle con el monstruoso estampido de la Magnum 357 o renunciar a la prisión que por segunda vez lo estaría esperando. Con dedos temblorosos extrajo el arma de la pretina del pantalón y se la dio al amenazante Kanebo.

     Regresó al callejón, cabizbajo, agitado y sin poder créer en su minimizada condición de hombre. Desde el cuarto del fondo resplandecía la silueta de una figura femenina, delgada y alta, en camisón de dormir. » (11)



París-Montmartre, 19 de octubre del 2015



Notas :

(1) Dante Castro Arrasco, Gordas al amanecer, Lima, Editorial San Marcos, 2014.

(2) En « Libertad restringida »; es el comienzo del último cuento. Ob. Cit., p. 112.

(3) Ver « Sonia de noche », Ob. Cit., p. 107-108; las itálicas y algunos paréntesis, en citas que siguen, son míos.

(4) Ob. Cit., p. 124.

(5) Ob. Cit., p. 48.

(6) Ob. Cit., p. 14.

(7) Ob. Cit., p. 93-94.

(8) Ob. Cit., p. 109.

(9) Ob. Cit., p. 127.

(10) Ob. Cit., p. 120.

(11) Ob. Cit., p. 141.

jueves, 31 de diciembre de 2015

HÁGASE LA LUZ: Una novela que compite con las tinieblas

Estoy sumamente orgulloso de presentar la primera obra literaria de mi amigo y compañero César García Lozada. Se trata de la novela Hágase la luz, una intensa narración de hechos y circunstancias que acontecieron durante los años más álgidos de la guerra interna que vivió el Perú en los años ochenta del siglo pasado. Ya el maestro Maynor Freyre, eximio narrador, ha resaltado las principales virtudes estéticas del libro, pero me compete decir algo más de aquello que percibí cuando leí los primeros borradores que su autor me alcanzó hace medio año. Nos topamos con personajes bien retratados y con sus respectivos perfiles sicológicos afectados por las secuelas de enfrentamientos, matanzas y actos de sabotaje.  Y como dijo el célebre filósofo español Ortega y Gasset, el hombre es él y sus circunstancias.

La novela Hágase la luz narra las peripecias de un equipo de técnicos y profesionales que trabajaban en la implementación de grandes planes de electrificación de pueblos olvidados en la región de Ayacucho. Como saben los lectores, Ayacucho fue el centro del accionar subversivo, la cuna de una guerra que se haría extensiva a nivel nacional.  Por lo tanto, los operarios y profesionales tenían que trabajar entre dos fuegos, en plena zona de emergencia, donde se habían suspendido las garantías constitucionales. Donde la vida valía nada.
Pero la novela Hágase la luz no es un anecdotario frívolo, no es un largo relato divertido, no es una simple memoria biográfica trasladada a la literatura. En este caso, la obra literaria tiene superior valor en aquello que el lector puede descifrar entre líneas y en la riqueza de su contenido testimonial.  Más que una novela, es un testimonio y un juicio.

Nos interesa de sobremanera aquello que juzga el autor. Una parte de la historia del Perú ha sido procesada por el novelista, quien ha creado a un narrador omnisciente, que, en hábil suplantación del escribidor, se confiesa como testigo de los hechos. Emite así un juicio sobre los perpetradores de grandes matanzas, genocidios, asesinatos selectivos, torturas y desapariciones en Ayacucho. La sentencia de César García Lozada es moral, como la de cualquier otro buen autor de obras literarias. Bien se ha dicho que los escritores y poetas son los jueces anónimos de la humanidad. Y César ofrece al lector una visión panorámica del escenario de la guerra, del naufragio vivencial de cada uno de sus personajes, de la violencia que se convierte en el pan de cada día y de la fatalidad a la cual es difícil escapar.

Hágase la luz tiene un título sugerente y simbólico: los sediciosos de Sendero Luminoso derribaban torres de alta tensión, sumiendo a los pobladores en tinieblas, mientras que los trabajadores e ingenieros de Electroperú se esforzaban por extender el servicio a todas las provincias y distritos.  En un pueblo, los subversivos se pusieron de acuerdo con los ingenieros para traer la luz a sus calles y casas, lo cual resultaba una simpática paradoja. Pero al mismo tiempo el veredicto de este juez anónimo sentencia a las fuerzas armadas y policiales como los principales responsables del derramamiento de sangre inocente. No dijimos batallas regulares entre dos fuerzas en armas, sino exterminio injustificable de población civil desarmada.  Como siempre, los muertos los pone el pueblo. Y mientras los muertos sean del pueblo o se apelliden Mamani, Quispe, Cóndor, Huamán, Juscamayta, etc., el Perú oficial no se conmoverá. Las fosas comunes y los cementerios clandestinos no guardan los cadáveres de las clases pudientes. Y este es un mérito irrefutable de Hágase la luz. Ha denunciado ante los ojos de miles de lectores los crímenes de lesa humanidad que se cometieron dizque para acabar con el terrorismo. Y para los apologistas del terrorismo de estado, podemos aclararles: ninguna fosa común acabó con la subversión, ninguna masacre, ninguna campaña de exterminio de campesinos. El final lo produjo un operativo policial donde no se disparó una sola bala, en 1992.

César García Lozada le ha puesto un ingrediente de crudeza descriptiva a cada capítulo de su novela. Por ello podemos decir que es un autor hiperrealista, es un escritor que no teme impactar al lector con cuadros patéticos que no son fruto de su invención, sino que son cosecha del observador en el mismo teatro de operaciones. Por parajes inhóspitos y por breñales ásperos se encuentran cadáveres en descomposición, pero también hay perros vagabundos devorando esos cadáveres y hasta cerdos que se alimentan de los restos de sus dueños y luego serán beneficiados para consumo humano. Una comunidad es forzada por los militares a combatir contra la subversión y solo pueden demostrar que lo hicieron si asesinan y descuartizan a pobladores de otra comunidad.  Un amigo de infancia se encuentra con el personaje principal y resulta que es un policía vestido de civil que investiga a quienes son sospechosos de ser subversivos para luego detenerlos, torturarlos y desaparecerlos. Sadismo, indolencia y los más bajos instintos se han legitimado dentro del escenario de una guerra en la cual han proscrito los convenios de Ginebra.

Y sin embargo, dentro de la tormenta que describimos, hay sitio para el amor, la amistad, el compañerismo y la fraternidad entre bebedores compulsivos que no sabían si el día siguiente sería el último. Copular locamente y emborracharse de manera suicida eran compensaciones a terribles riesgos y limitaciones sentimentales. Porque todos huían de un fracaso sentimental, de una hecatombe familiar o de una derrota personal. Tal vez por eso habían llegado a trabajar en Ayacucho, que en quechua significa “rincón de muertos”, un lugar que estaba en plena guerra y por ello no era atractivo para quienes pretendieran prolongar la vida.
   
Por las razones expuestas, me he sentido tentado a presentar este libro que me impactó desde la primera lectura. La literatura siempre ha de llegar a la revelación de los hechos más luctuosos de una guerra, antes que el periodismo y las investigaciones académicas.  Hágase la luz se inscribe en la tradición narrativa de la violencia que vivió el país desde 1980 a 1992 y como hemos dicho, reconocemos no solo sus valores artísticos y literarios, sino también su riqueza como testimonio de una etapa que el subconsciente colectivo aún no ha terminado de procesar. Bienvenido César a este camino de la literatura-verdad. Salud por tu obra.




miércoles, 17 de diciembre de 2014

Tras las huellas de ciertas “gordas al amanecer” (Feliciano Padilla)



Dante Castro es un prestigioso narrador, dueño de una pluma espléndida y fecunda. Publicó numerosos libros de narrativa breve, novelas y poesía; aunque es preciso subrayar que su fama le viene más por su talento en el difícil arte de escribir cuentos que por su arte poético. Dante ha sido de los primeros escritores que se atrevió a producir narraciones sobre la guerra interna del país en los años mismos en que esta se producía, hecho que le valió permanente hostigamiento político y menosprecio de la crítica oficial u oficiosa. Estamos hablando de libros ya clásicos en la historia de la narrativa peruana, tales como “Tierra de Pishtacos”, “Parte de Combate”, “Otorongo y otros cuentos”, etcétera. No obstante la censura y la marginación del canon literario dirigido por las transnacionales, recibió comentarios elogiosos del canon académico promovido por las Universidades de San Marcos y la Pontificia Universidad Católica. Y, pronto su trabajo se vio coronado de varios premios: El Cope de Cuento en dos oportunidades, El Premio Inca Garcilaso de la Vega, el Premio Horacio de la Derrama magisterial, el Premio de las Mil Palabras de Caretas y; principalmente, el Premio Internacional Casa de las Américas de la Habana, en 1992.
Feliciano Padilla y Boris Espezúa  presentaron este libro en Puno.


Dante Castro, a partir de un neorrealismo notable, intenso, nos enfrentó como lectores a textos cuyas historias reproducían las peripecias de la guerra interna protagonizada entre los “alzados” y las fuerzas contrasubversivas del Estado, cuyo escenario era, casi siempre, la selva y la sierra peruanas, con un tono definitivamente épico, como era de esperar, para relatar acciones de combate donde los héroes mantenían en alto sus ideales, incluso en las peores situaciones de tortura, asesinatos a mansalva y muertes en el mismo fragor de la lucha. El lenguaje de estos textos, acorde con el contexto, es descarnado y directo. Dante Castro no tenía necesidad de acrecentar su visión ni aderezar el lenguaje en demasía, para hablarnos de hechos que de por sí ya eran grandiosos, heroicos.


Ese es el universo narrativo, la atmósfera y el tono épico con que Dante Castro nos atrapó como a lectores, durante mucho tiempo. Pero, esta vez, como para demostrarnos que puede conmovernos, igualmente, con cualquier otro tema, nos entrega un libro titulado “Gordas al Amanecer”, publicado por la Editorial San Marcos. Ahora, nuestro narrador se regodea en historias de amores furtivos y licenciosos donde el erotismo, el humor y la ironía, para suerte de los lectores, se muestran en toda su plenitud. Daré cuenta de unas dos narraciones:


En “Gordas al amanecer” se narra la historia de una pareja de clase media alta conformada por George y Aidé. La mujer es una profesional de gran actividad intelectual, pero, desgraciadamente estéril. George, empresario, ahora con una hernia discal que lo obliga a un descanso médico necesario. George se encargaba como hombre que era, de echar la basura a las siete de la mañana en que pasaba el basurero. Afuera lo esperaban los carritos de basura y recicladores, a quienes odiaba gratuitamente por su biotipo, sus ropas sucias y el mal olor que despedían sus cuerpos. Los imaginaba viviendo en medio de la basura, sobre arenales, sin agua, ni luz. Una mañana abrió la puerta y vio en la acera del frente a una joven recicladora, quien lo miraba sin ningún desparpajo. Era una adolescente, tendría unos dieciséis años. Ella se sacó la gorra y dejó caer abundante cabellera sobre sus hombros. De pronto ella le preguntó si tenía botellas vacías de las que se reciclan, tuteándolo como si fuera su conocido. El atrevimiento lo descuadró, lo encontró en sus “cinco minutos”. Si tienes bastantes abre la cochera y yo misma me las cargo, le repitió. George abrió la cochera como un autómata y luego la cerró y estuvieron los dos: ella levantando las botellas y aprovechando para mostrarle el trasero y él mirándola perplejo. Pronto, la chica lo estaba manejando a su antojo. Ven, viejo guapo, se escuchó la voz de la nena. George hacía, sin control alguno, lo que le ordenaba la recicladora. Cuando se acercó a ella, le alargó la mano y recorrió su bragueta. Luego añadió: Sácala. Sácala, cojudo, ahora. Todo sucedió en menos de media hora. La gozó sobre el sofá de la sala. La chica llegó a demostrarle sus artes en máximo grado. Y cuando estaba el hombre por eyacular, la chica le dijo: No tío, a mí no me embarazas y lo obligó a echar el semen a sus pantalones y al piso. Luego se retiró no sin antes de cobrarle doscientos soles utilizando algunas triquiñuelas. Pero, al amanecer del domingo, se aparecieron tres gordas gritando debajo del piso de George y Aidé: ¡Baja maricón de mierda! ¡Baja morboso, seductor de menores! La frase “seductor de menores” le hizo pensar en lo peor, detención inmediata, juicio, encarcelamiento y toda una vida malograda por culpa de una recicladora adolescente. Le latía el corazón a mil por hora, le faltaba aire, jadeaba, sudaba, se agitaba y estaba con todos los signos de un pánico espantoso, hasta que haciendo un supremo esfuerzo gritó fuerte pensando en todo lo que le esperaba, circunstancia en que se encontró con las manos suaves de Aidé que tocaba su pecho con ternura y le decía: Una pesadilla, mi amor. ¡Cómo has sudado! Duerme mi vida.


El otro relato que revisaré titula “La gorda que vino de Europa”, un texto fenomenal. Narra la historia de Augusto y Clara, quienes fueron enamorados durante la adolescencia. En aquellos tiempos, Augusto estuvo dispuesto a enfrentarse a sus padres y huir junto con Clara a alguna provincia para casarse. Sin embargo el destino los separó. Ella viajó a Europa y él, profesor, se casó con Marina. Después de 25 años Clara retorno al Perú procedente de Suecia. En aquello Augusto recibió una llamada telefónica de Clara, quien le contó que había retornado a Lima debido a la muerte de su padre y que al día siguiente se iba a Suecia. ¿Crees que podamos vernos?, escuchó Augusto en la voz de Clara. Él no sabía qué contestar. Clara volvió a hablar y le dijo riendo: ¡Ah!, las dudas de todo casado. Finalmente, Augusto aceptó encontrarse en el Centro Comercial de San Miguel, a las ocho de la noche. Allí se encontraron. Ella apareció con su figura arrolladora, voluminosa, realmente abultada. Estaba gorda, pero el tamaño compensaba. Pronto por iniciativa de Clara empezaron a agarrarse las manos. Caminaron la ruta de los hoteles y hospedajes para parejas y solo se soltaron las manos cuando llegaron a un hotel frente a la Universidad Católica.


Augusto quiso tomar previsiones antes de hacer el amor, pero, Clara le dijo que la habían vaciado, que no tenía ovarios. Entonces en un encuentro sexual un poco insólito y a oscuras soltaron todo de sí. La conciencia de Augusto le decía: Ya estás encima y aunque no puedas disfrutar visualmente de la dama, continúa porque tu pensamiento está allá, con aquella que te aguardaba en la casa. Terminó con abundante semen dentro de ella, pero a ambos les quedaba un vacío interior. Por eso se fueron casi sin hablar. Así se retiraron cada quien a su lugar. Pasó el tiempo y una noche que operaba el Facebook, Clara le volvía a hablar por el chat. Augusto no quería contestarle, pero esta vez, cedió a la curiosidad. Después de escribir los holas de costumbre, ella le dijo que quería conversar seriamente. ¿Te acuerdas de nuestra noche, de aquella que pasamos en el hotel? Tuvo resultados, no tomamos precauciones. Augusto se asustó, pensó en el sida o algo así. ¿Estamos contagiados?, le preguntó. Tontito, no. Tienes buena puntería. Me hiciste madre a una edad en que no pensaba concebir. Pero dijiste que no tenías ovarios, le contestó. Nunca te dije eso, replicó Clara con toda serenidad. Se llama Gustave. Luego le envió una imagen de Gustave y era parecido a Pavel su hijo querido fruto del hogar que había formado con Marina. Te sacaron un hijo, se dijo él mismo. Siempre fue mentirosa, concluyó.


En ambos cuentos se advierte un ritmo adecuado, el que se requiere para provocar tensión en los lectores. El erotismo y la sexualidad flamean victoriosos a lo largo de las narraciones y tienen final imprevisto que fulmina al lector, tal como deben golpear los buenos cuentos. El erotismo y la sexualidad no son ajenos a la mujer o al hombre. Por el contrario, son parte de su naturaleza humana porque a través del erotismo el amor es elevación y sublime éxtasis. Por esta razón, es común a las personas de todas las clases y estratos sociales. El error del indigenismo de López Albújar y Ciro Alegría fue presentarnos indios asexuales, es decir, indios sin sexo, rebatiendo el fuerte erotismo (claro con otro sentido y significado) de las culturas andinas representado en su cerámica y otras expresiones artísticas.


La ironía es amante del erotismo, pero su mejor compañero es el humor. Y esto lo sabe Dante. Por eso, los mundos construidos por su talento tienen innumerables representaciones de humor, como en el cuento “Gordas al amanecer” que da título al libro, “Chocolate espeso”, “Dientes de tiburón”, “Peste rosa”, por ejemplo. En los cuentos que analizamos el machismo tradicional cae por los suelos, porque son las mujeres las que organizan, se proponen lograr objetivos concretos con gran inteligencia y; lo hacen como la recicladora de dieciséis años o la gorda Clara que llegó de Suecia exactamente para sacarle un hijo al pobre Augusto. Contrariamente, los varones no tienen más remedio que acatar órdenes como autómatas.


Las diez narraciones que contiene este libro entretienen, conmueven, intrigan y sorprenden, como se exige que lo hagan los cuentos bien escritos. Sus temas vienen de lo cotidiano; su lenguaje, a lo Joyce, reproduce los actos de habla tal como suceden. Sus personajes, por cierto bien pincelados, son ciudadanos simples, comunes; ni héroes ni antihéroes; más bien héroes de la cotidianeidad.